jueves, 27 de junio de 2013

VIAJE AL CENTRO DE GALICIA

RUTA EN MOTO POR LA GALICIA INTERIOR.

Actividad: Ruta circular en moto por carreteras comarcales y vecinales del interior de Galicia, pasando por los Cañones del Sil y por la Sierra del Caurel
Longitud: 460,36 km (completados 430 km)
Track en wikiloc (la ruta completa)
Desnivel acumulado subiendo:  9.561 metros
Desnivel acumulado bajando: 9.561 metros
Altitud máxima: 1.227 msnm
Altitud mínima: 27 msnm
Duración: 15h 15min.
Fecha: 16 de Junio de 2013

Shackleton, Scott, Heyerdahl, Thesiger, Franklin, Livingstone, Barents, Mallory, Marco Polo, Lindbergh, Meissner, Goddard, Lawrence de Arabia... Por encima de todos ellos, Amundsen. 

Ellos, y tantos otros, representan el espíritu de la aventura, la pasión por adentrarse en lo desconocido. Inermes ante a la adversidad, muchos pagaron con sus vidas el atrevimiento de desafiar a los elementos.

El Caminante es una de esas personas que se sienten estimuladas por el atávico instinto de aventura, ese cóctel de elementos tan disonantes como el miedo y el placer que conduce a realizar actividades no exentas de riesgo absolutamente innecesarias.

Podría discutirse si con ello se pretende un paréntesis en las rutinas diarias, o la evasión del estrés propio de estos tiempos. Es posible, sin embargo, que se trate tan solo de una búsqueda de sensaciones, o más bien de situaciones, que por su singularidad y su modo de ejecución permitan el encuentro con uno mismo, una auténtica catarsis. O tal vez subyace un íntimo deseo de alimentar el ego mediante la demostración de las propias facultades en la superación de obstáculos.

Sea como fuere, El Caminante se levanta temprano para poder dar cumplimiento a la larga ruta que previamente ha diseñado, un viaje de 450 km por carreteras comarcales y vecinales por las entrañas de Galicia, a lomos de su moto, una Ossa 250 cc de dos tiempos, próxima a los cuarenta años.

La mañana es fresca, y al pasar por Puente Vea, la niebla heladora se resiste a levantarse.



Poco más tarde, La Estrada es la población más grande que el motorista atravesará en su viaje.



A partir de ahí, una serie de pistas conducen al Alto del Candán, primer puerto de montaña de la jornada. El sol luce radiante.



Tras serpentear por los municipios de Silleda y Lalín, en Dozón, una señal en la carretera invita a desviarse del itinerario previsto para visitar la iglesia románica de San Pedro de Dozón. Construida en el Siglo XII, de espaldas al camino, muestra la elegante estructura exterior de su ábside. El Caminante nunca había oído hablar de este monumento, y escoge este lugar para detenerse durante unos minutos bajo los tibios rayos de un sol que quiere empezar a calentar.






Es hora también de retratar a la moto, que en las dos primeras horas de ruta ha respondido a la perfección.




Desde lo alto de un valle, por detrás de una aldea, se divisa en la distancia la imponente mole del Monasterio trapense de Osera, que supuestamente debe su nombre a la presencia de los plantígrados en la zona mucho antes de que este cenobio fuese  fundado hace casi novecientos años.


Al atravesar en este punto el límite provincial entre Orense y Lugo, el viajero ya ha pisado las cuatro provincias gallegas con su moto. Como bien indica el cartel, esta región está marcada por la presencia de los dos grandes ríos del noroeste, el Miño y su afluente principal, el Sil.




Una de las cuestiones que tuvo que estudiarse con detenimiento en esta ruta fue la previsión de repostajes periódicos, cada 100 kilómetros o poco más, puesto que la mayor parte de lugares visitados son tan remotos que carecen de estaciones de servicio. Estaba previsto efectuar el primer repostaje en La Barrela, y así se hizo.


Una de las sorpresas de este viaje fue descender hasta la ribera del río Miño en el tramo final del embalse de Los Peares. El entorno tiene una aire de paisaje lacustre canadiense, con lomas tapizadas de coníferas que se desploman hasta el río. Diversas señales avisan de desvíos hacia viejos santuarios y aldeas recónditas. Será obligado volver con tiempo para explorar esos rincones.










En el lugar de Los Peares confluyen el Miño y el Sil, además de la vía férrea, la carretera vieja y la nueva, en una especie de galimatías que combina elementos naturales y artificiales. Es uno de aquellos puntos que siempre apetece visitar por su significación geográfica. En la foto, el Miño, desde la derecha, incorpora al Sil, que se acerca por la izquierda, y la suma de ambos caudales desciende de frente hacia Orense.




Desde aquí, una estrecha carretera se adentra en los archiconocidos pero poco visitados Cañones del Sil. Es, curiosamente, una carretera privada, que pertenece a la compañía que explota la central hidroeléctrica de Santo Estevo, pero que se encuentra habitualmente abierta al público. Curiosamente, El Caminante se encuentra con vallas y una señal que indica que hoy se encuentra cerrada por obras. El contratiempo no es menor, puesto que el rodeo para retomar el itinerario previsto es amplio. La Providencia trae al lugar a un motero indígena que, amablemente, ayuda a improvisar otro acceso a los Cañones desde parajes lucenses de los municipios de Carballedo y Pantón, de modo que en menos de media hora se accede a la aldea de San Esteban, donde el río Cabe desagua en el Sil. Al otro lado del puente espera la ruta original, superado el tramo de carretera cortada.





La gigantesca presa de Santo Estevo, por un lado, resta profundidad a estos desfiladeros naturales, pero al mismo tiempo engrandece las panorámicas al retener las aguas de un río que, de otro modo, apenas resultaría visible al fondo del empinado valle. La obra de ingeniería permite también que este trecho sea navegable, siendo posible la visita de los Cañones desde abajo a bordo de catamaranes turísticos fletados al efecto.






El Mirador de La Columna permite disfrutar de la perspectiva en uno de los recodos del río, desde considerable altura.


 
El Caminante toma unas avellanas y un trago de agua. Son cerca de cinco horas en moto, aunque un millón de curvas y casi tantas paradas para hacer fotos arrojan el triste saldo de 170 kilómetros de trayecto. Toca volver a la moto sin demora.



Después de Parada de Sil, la carretera cruza el Cañón del Río Mao, donde una senda sobre pasarela de madera permite recorrer esta impresionante garganta.




En Cristosende, el valle se abre y las laderas se suavizan. En bancales de origen ancestral se cultiva la uva mencía, principalmente, aunque también godello y treixadura, y se producen los vinos bautizados en honor a la vecina aldea de Amandi.


Salen moto y motero de los Cañones del Sil por las lomas de Torbeo, sin demora, camino de Quiroga, donde nuevamente toca aprovisionarse de combustible, antes de adentrarse en la Sierra del Caurel, el otro plato fuerte del día.


Tras más de siete horas en ruta, es hora de comer. El mirador de Bustelo de Fisteus, próximo a Quiroga, se convierte en un improvisado comedor con vistas. Hacia abajo, Quiroga. Más arriba, el Piapaxaro, techo del Caurel. Y hacia los lados, el verde tapiz de los castañares.








Reanudada la marcha, en Cruz de Outeiro se contempla el Montouto, cima en la que se reúnen las provincias de Lugo, Orense y León, en el límite oriental del Caurel.


En esta encrucijada, debe El Caminante optar entre la opción conservadora, que es rodear la sierra por el Norte hasta el Alto do Couto, o la radical y aventurera, que supone atraversarla directamente. En un tugurio a pie de carretera, cuatro lugareños apuran unas cervezas. Uno de ellos ofrece asesoramiento. Opina que con esta moto se puede cruzar por las pizarreras hasta Folgoso, al otro lado del Piapaxaro. No está asfaltado, pero es transitable. Dicho y hecho.

Esta alternativa seguirá la pista que va a morir en Vilarbacú, pueblo de sonora denominación que en tiempos tuvo una importante actividad económica asociada a la minería. Hoy, según dicen, quedan un par de habitantes en este enjambre de casas abandonadas.



Por detrás del pueblo se ve la mina antigua, que algunas fuentes citan como de extracciòn de antimonio, y otras como de wolframio. El contraste del vivo color de la balsa de agua con la desolación de las paredes talladas por el hombre no está exento de belleza.



Subiendo, la vista abarca el valle alto del Río Quiroga, con la carretera de Cruz de Outeiro a Vilarbacú serpenteando a su izquierda. Quedan vestigios de los bosques que supuestamente cubrieron todas estas laderas no hace tanto tiempo.


El asfalto quedó atrás, pero la pista está en buenas condiciones, preparada para el tránsito de camiones de las canteras de pizarra. 



La moto se adapta perfectamente. No en vano, en 1974, fecha de su matriculación, no sería tan raro que tuviese que acceder a lugares solamente comunicados por pistas de tierra. Al llegar a la Campa del Abedul, a casi 1.250 msnm, la máquina ya ha superado lo más duro del viaje, sin mayores secuelas que el polvo adherido.





Mirando atrás, el paisaje destrozado por la extracción de pizarra.




En cambio, hacia adelante, las faldas del Piapaxaro se deslizan sobre el valle del Río Lor sin más herida que los surcos preventivos de los cortafuegos.



Desde la Campa del Abedul desciende una pista no apta ya para camiones, pero suficiente, que se adentra en bosques de pinos, y también tejos y castaños. Un corzo huye despavorido ante el ruido del motor de dos tiempos. Allá abajo, Folgoso, capital del Caurel, y la carretera nuevamente asfaltada que desciende del Alto do Boi.


La llegada a Folgoso representa, supuestamente, la conquista del objetivo, puesto que ya "solamente" queda volver, apenas 180 kilómetros, muchos de ellos por vías en mejor estado que las que hasta aquí conducían. Antes hay que salir del Caurel por la carretera que atraviesa Seceda, probablemente la aldea más genuina de esta zona, y que conducirá hasta la Cruz de Incio.





Disculpe el lector que abruptamente acabe esta crónica, puesto que lo que queda no es grato ni está ilustrado. Puede resumirse lo ocurrido indicando que el nivel de carga de la batería del móvil impidió hacer más fotos, que increíblemente la gasolinera de Bóveda no tenía gasolina, lo que obligó a mendigar unos litros por el pueblo, con la correspondiente pérdida de tiempo, y que al volver a cruzar el Miño en Taboada empezó a llover, al principio tenuemente, con consistencia desde Antas de Ulla, y convirtiéndose en diluvio en Agolada, lo que aconsejó guardar la moto en un alpendre amigo en Puenteledesma, 430 kilómetros después de haber arrancado a primera hora de la mañana, a unos 35 del destino final.

Como le pasó a Scott regresando del Polo Sur, la aventura concluyó inacabada cuando ya tocaba a su fin, superado lo más difícil, a muy poca distancia del punto de partida. En esta ocasión, huelga decirlo, el final fue menos dramático, como corresponde a la menor envergadura del reto afrontado.

Y seguramente no es tan meritorio el desempeño ni se hablará de él en los siglos venideros, pero, díganme, ¿a que no conocen a nadie que haya ido y vuelto al Caurel de esta guisa en una jornada?


2 comentarios:

  1. Buen viajero, buen blog y gran moto. Lo seguiré

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  2. Muchas gracias. Tener seguidores es una de las razones de ser de un blog. Y no la menos importante.

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